viernes, 4 de septiembre de 2026

La guerra de Mahler / Raúl Sohr (Impresiones literarias)

 

A la luz de sus prolijos comentarios literarios, reseñando libros por televisión, no ha de extrañarnos de Raúl Sohr este cautivante aporte suyo como autor esta vez en materia de novela, titulado "La guerra de Mahler", publicado en 2018. 

Sus comentarios acerca de libros, en la parte final de sus análisis internacionales a través de la estación televisiva CNN Chile, en el programa "Última mirada" (análisis no menos interesantes para mi), iban dando cuenta no sólo de su gran conocimiento literario sino también de su amena y documentada precisión verbal en descripción de lo que fuera. Atributos que resultan apreciables, nuevamente, tras la lectura de "La guerra de Mahler".

Cabe destacar, en lo que fue mi experiencia al menos, que tal es la magnitud de este trabajo -en manos de quienes tenemos como referencia humana e intelectual a Sohr- que simplemente te olvidas de su autor, no siendo relevante la buena consideración de antemano quiero decir, mientras nos vamos sumergiendo en su trama desplegada con gran destreza narrativa.

Finalmente, antes de proseguir con una selección de fragmentos que me han cautivado de esta lectura, quisiera compartir también una curiosidad que, digamos, no tiene mayor importancia que la que sólo yo le adjudico. Y es que, al momento de llegar a la página 30, donde se hace referencia al compositor Gustav Mahler (tío del personaje principal), como música de fondo, en ese preciso instante, se estaba emitiendo en radio "Beethoven" el último movimiento de su 3ra. sinfonía. Alegre coincidencia en la que además "30" con "3ra." se quieren sumar a las interpretaciones mágicas que se me antojan acaso, como el entorno perfecto para esta lectura entre manos...


Destaco de esta lectura:


   Mientras pensaba en esto, Alma lo llevó al despacho de Gustav y le dijo:

  -Busca lo que quieras y tómate el tiempo que necesites. Debo advertirte, querido sobrino, que no creo que encuentres lo que buscas.

   Robert arqueó las cejas y abrió la boca en un gesto entre incrédulo e irónico, que preguntaba en forma inequívoca "¿y qué busco?". Alma le brindó una der sus cautivantes sonrisas y, volviendo los ojos hacia la ventana, mirando al infinito, habló con voz nostálgica:

  Gustav soñaba con trascender y lograr la inmortalidad. ¡Cuántos hombres han dedicado sus vidas y creatividad para lograr una obra, un descubrimiento, un monumento que perdure por siglos y generaciones de generaciones...!

   Robert admitió con un leve movimiento de cabeza que Alma había dado en el clavo.

   -Es más. Después de la muerte de Gustav trabajé y amé a Kammerer. ¿Has oído hablar de él?

   -¿Quén no? -contestó Robert-. Es el biólogo que dijo que era posible lograr cambios genéticos en una misma generación. El que experimentó con unas ranas, ¿no?

   -Sí, así es. Pero no le creyeron. Dijeron que era un impostor y que las manchas que aparecieron en los anuros eran dibujadas con tinta china.

(...)

   -Todo terminó muy mal, ¿no? Oí que él se suicidó por las denuncias de fraude científico. ¿Es verdad?

   -Así fue. Yo no podría decirte si todo fue una farsa o si realmente descubrió algo. Lo que sí sé, es que él fue uno de los hombres más obsecionados en dar con la piedra filosofal. Es una enfermedad masculina. Quizás será porque no pueden engendrar vidas en sus cuerpos. Pero por cada uno que descubre algo, hay cientos de miles que arruinan sus vidas tras quimeras. Solo te digo, Robert: ten cuidado con lo que buscas. (págs. 30 y 31)

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(...) Alta, de contextura grácil, grandes ojos almendrados, frondosa cabellera trigueña, sonrisa amplia y unos movimientos candenciosos, no corría peligro de pasar desapercibida. (p. 59)

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   Robert era el polo opuesto. A primera vista no llamaba la atención, frisaba los cuarenta años, de estatura mediana y su cuerpo revelaba una vida más bien sedentaria. Pero aun sin ser apuesto, era de presencia atractiva, especialmente cuando tomaba el violín y lo embargaba una energía insólita. Cerraba los ojos y podría decirse que recibía una descarga de adrenalina. Marcaba el ritmo de las melodías con movimientos abruptos y de cierta espectacularidad. La dramática transformación insinuaba a un poseso. Algo que las audiencias disfrutaban y le concedía  un carisma que su habitual espíritu apacible estaba lejos de darle.

   Con todo, Magda se sintió atraída por este hombre que, aun cuando la superaba en casi veinte años, tenía un encanto de artista y el desplante de la gran urbe. Lo que le faltaba en atractivo físico, lo compensaba en una conversación amena, culta y en un fino sentido del humor. Se cumplía el dictum que los hombres se enamoran por la vista y las mujeres por la palabra (...). (p. 62)

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(...) Todo había transcurrido bien hasta los bajativos. Los asistentes habían pactado no hablar de política, pero el vino y los licores finalmente traicionaron el propósito... Kurt, a quien su mujer obligó a ir a la cena, era un hombre fuerte y sanguíneo: un nazi de linea que no pudo reprimir sus ideas. Robert, por su parte, ya había conocido esa lógica simple y directa de los defensores del régimen con frases como: "el que nada hace, nada teme" o "algo habrán hecho los judíos". Pero lo de Kurt superó toda lógica, y no se demoró en lanzar en la misma mesa su credo sobre la superioridad aria. 

   -La selección natural es un fenómeno que está en la naturaleza. Solo un ciego no lo ve. En el fundo tengo caballos. Y nunca se me ha ocurrido, ¡cómo podría!, comparar a un pura sangre con un corralero. Ambos son equinos, sí. Pero los nobles sementales pertenencen a una raza superior. Su potencia, belleza y elegancia los predestina al galope, a la velocidad y, por lo tanto, a ser montados por los mejores hombres. ¡No puedes ponerlos al mismo nivel que a un caballo chileno! Chico, trotón, de patas cortas... Son útiles para el tiro y por eso están destinados al arado. Y si lo piensan bien, lo mismo ocurre con las razas humanas. Los arios estamos destinados a dominar. Los eslavos trabajarán para que nosotros despleguemos nuestra creatividad. Y más abajo están los infrahumanos, esas razas y personas defectuosas como los judíos, los gitanos, los pervertidos sexuales y los tarados.

   Todos se miraron boquiabiertos.

 El alcohol había soltado la lengua de Kurt: había expresado sus convicciones con elocuencia, sin remilgos. (págs. 90 y 91)


Selección: J.F.A.




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