ni tampoco el mar ni la tormenta ni los pájaros cantando tras el vidrio.
Era nuestro lo no sido, lo esperado,
la congoja de todo lo perdido, la semilla intrascendente,
lo que nunca fue por no encontrado
ni tampoco hallado por no haber sido.
JFA
JFA
Se destaca en este registro por su simpatía, su modestia, su noción de lo esencial, su sentido del humor, y su belleza por cierto. Reírse de sí misma terminó siendo acaso lo más cautivante del personaje.
Su reconocimiento de algunos "fracasos" (como lo de su aspiración de convertirse en una gran bailarina), o como lo de ser rechazada en alguna prueba para el cine (nada menos incluso siendo la hija de Chaplin); después, su relato, tan elocuente y gracioso, de uno de los "cuentos crueles" que su padre les contaba a ella y a sus hermanos siendo niños (la historia del perrito que se orinaba en todas partes de la casa), en fin... son de los momentos más divertidos de la entrevista.
Coronando lo anteriormente mencionado entre sus cualidades humanas destaco la parte aquella en que su entrevistador, al final de la conversación, la enaltece calificándola algo así como la "estrella del futuro", y ella, no creyéndoselo para nada, responde a eso con expresiones de seguirle el juego, como infundiéndose ánimo a sí misma ante su poco convencimiento al respecto... esa fue la pieza final perfecta para todo lo precedente del registro.
Al momento de esta publicación, Geraldine Chaplin tiene 76 años de edad.
JFA
Entrevista a Alirio Diaz. Una excelente charla acerca de su carrera musical. Una interesante exposición sobre la historia y circunstancia de la guitarra como instrumento docto y popular. Su reflexión acerca de la "realidad del sueño" de los músicos, aquella que también hubo de experimentar en carne propia:
"La guitarra es un instrumento sumamente difícil, pero tan difícil como la guitarra es la misma carrera concertística. El hacer una carrera de concertista, hoy en día, es algo poco menos que imposible, porque hay tantos factores que vencer, no solamente ya ser un genio, tener talento musical, cualidades insólitas, de virtuoso... Alrededor de todo esto todavía hay mucho que vencer, muchos obstáculos, muchos problemas, para proyectar una carrera de concertista: hay una enorme fila de pianistas, de directores de orquesta, y que posiblemente sean hasta mejores que muchos de los que conocemos... en definitiva, hay que contar con algo de suerte, con protección de amigos... mi carrera prácticamente se la debo a mis amigos. Amigos que me estimularon, me comprendieron, me ayudaron..."
One Saturday night it was my pleasant duty to put the paper to bed [J1] alone. A King or courtier or a courtesan or a community was going to die or get a new Constitution, or do something that was important on the other side of the world, and the paper was to be held open till the latest possible minute in order to catch the telegram. It was a pitchy black night, as stifling as a June night can be, and the loo, the red-hot wind from the westward, was booming among the tinder-dry trees and pretending that the rain was on its heels. Now and again a spot of almost boiling water would fall on the dust with the flop of a frog, but all our weary world knew that was only pretence. It was a shade cooler in the press-room than the office, so I sat there, while the type ticked and clicked, and the night-jars [J2] hooted at the windows, and the all but naked compositors[J3] wiped the sweat from their foreheads and called for water. The thing that was keeping us back, whatever it was, would not come off, though the loo dropped and the last type was set, and the whole round earth stood still in the choking heat, with its finger on its lip, to wait the event. I drowsed, and wondered whether the telegraph was a blessing, and whether this dying man, or struggling people, was aware of the inconvenience the delay was causing. There was no special reason beyond the heat and worry to make tension, but, as the clock-hands crept up to three o’clock and the machines spun their flywheels two and three times to see that all was in order, before I said the word that would set them off, I could have shrieked aloud.
[J1]Cerrar la edición del periódico
[J2]Ave nocturna o crepuscular, de la familia de los caprimulgidos
[J3]Tipógrafos
Un sábado por la noche,
asumí con entusiasmo la responsabilidad de cerrar la edición, para lo cual me
aguardaba una tensa espera del más reciente suceso posible: tal vez un rey, un cortesano
o una comunidad, habrían de encontrarse con la muerte, o acaso se trate de una nueva constitución y no la muerte lo que emane de allí como noticia... El asunto es que, sea lo que
fuere, al otro lado del mundo algo relevante se cierne o acaba de consumarse, y
un periódico debe estar alerta hasta el último minuto a fin de coger y procesar
la información apenas arribado el telegrama del caso.
Aquella era una noche muy oscura, y tan sofocante como suelen ser las noches de junio, con ese viento que parece soplar a través de una incandescencia hacia el oeste, y simulando a ratos el sonido de la lluvia tras su paso entre los árboles secos. De vez en cuando alguna gota de agua hirviendo habría de caer como el brinco de una rana sobre el polvo, pero todo nuestro mundo, cansado, sabía que era sólo una ilusión.
La sala de prensa era un poco más fresca que la oficina, así que me dispuse a descansar allí, en medio del chasquido de las teclas y de los alaridos que al otro lado de la ventana emitían los añaperos. En tanto, los tipógrafos, casi desnudos, removían el sudor de sus rostros pidiendo más agua cada vez.
Con cada cosa en su lugar y prestos a trabajar en ello apenas estuviera en nuestras manos, aquel último evento noticioso por el que aguardábamos no llegaría nunca. Bajo ese ambiente tórrido, ya casi quedándome dormido, me preguntaba si el telégrafo realmente era una bendición, y si acaso aquella supuesta comunidad, o ese rey o cortesano, o lo que fuera y quienes fueran, serían conscientes del trastorno que nos estaban causando con no dejar de ser un evento inexistente… En realidad, no había razón para complicarnos tanto la vida más allá del calor, pero cuando las agujas del reloj marcaron las tres en punto y hube de hacer unas tres activaciones de prueba del mecanismo impresor para verificar que todo estaba en orden, podría haber liberado, en un sólo grito, toda mi tensión acumulada antes del último encendido que daba por cerrada la edición.
- ¿Y de qué trataba ese mensaje? -le preguntó Guillermo.
- Era un enlace en realidad, una canción que le quise compartir, una que supuse que le gustaría.
- Ah, ¿y de eso esperabas una respuesta? Claramente no era un diálogo, no había una conversación de la que ella estuviera enterada al menos. Sólo compartiste algo... así que olvídalo.
- ¡Sí, pero que siquiera me comente algo al respecto!; que le gustó, que lo verá pronto, no sé... lo que sea.
- ¡No puede ser que eso te preocupe de verdad! -replica Guillermo-. Es probable que ella esté realmente ocupada, con su celular descargado, o simplemente se desconectó un rato de todo esto. No prejuzgues lo que esté detrás de su no reacción... ¿Te has dado cuenta, Amelia, que estos sistemas nos agotan en cuestiones insignificantes?: que me comentó, que no, que me dejó "en visto", que debo responder inmediatamente o sino pensará que estoy enfadado... Pareciera que poco a poco -y por favor no te ofendas con esto- nos estamos volviendo estúpidos bajo el patrón de conducta establecido por estos sistemas. Yo por lo menos me cansé... Se han ido instaurando una suerte de códigos de comportamiento más que de lenguaje, que no estoy dispuesto a aceptar. Me niego, me rebelo ante la nueva circunstancia expresiva, y más si se trata de tener que usar esos "monos" o emojis, porque sucede que, además, me gusta la palabra, me provoca la palabra. ¿Cómo habría de tomar en serio un mono de mierda con toda su predeterminación de colores y formatos y gestos, sugeridos para mi "cómoda selección" según lo que esté sintiendo o padeciendo incluso?
- Ya ya, Guillermo, detente -le interrumpe Amelia-, ahora el exagerado eres tú. No debí comentarte lo del puto mensaje aquel, porque te largas con tu análisis filosófico, sociológico, y no sé qué mas; y no es el caso. ¿Y sabes qué más? me duele la cabeza, y se me agudiza cuando empiezas con tus reflexiones...
- Ah ¿ves? Yo sé por qué te duele, y no es mi culpa: estás preocupada de tonteras, y eso, justamente eso es lo que estoy tratando de decirte. Respira. Deja de lado ese teléfono y escucha los pajaritos.
- Eso quisiera ¡pero tú no te callas jaja!
- Ya, una última cosa -prosiguió Guillermo-: ayer me jodiste el paseo con el que te quise sorprender y "desconectar" un rato, o más bien conectarte con algo mucho más que "menos superfluo": la cordillera, su aire fresco, sus nubes, su viento, sus pájaros, y hasta los cóndores que pudimos divisar; casi pura invitación a lo contemplativo... Pero no; tenías que pasarte toda la jornada sacando fotos y filmando cada cosa que se movía y las que no también. ¡A todo le sacaste fotos! ni el perrito abandonado se salvó de tu captura, ni siquiera la escena aquella en que tuve que orinar tras una roca. ¿Y todo para subirlas a tu Instagram? (espero no aparecer allí, por favor)... ¿Acaso no necesitaste, siquiera un momentito, de tan sólo ver y respirar profundo sin ocuparte de nada más?... ¿Recuerdas cuando me hiciste registrar con el celular la pirotecnia de la noche de un año nuevo? Sucede que me perdí aquel espectáculo por dedicarme -a petición tuya- a no más que filmarlo todo con la cámara de tu celular. De eso ya han pasado varios años, y dime ¿viste alguna vez esas imágenes de nuevo? ¿De qué sirvió grabar aquello?... No te imagino invitándome, cual panorama, a ver por una pantalla los fuegos artificiales de un año nuevo cualquiera que ya ni recordamos. Nunca volvimos a ver dicho registro, ni yo pude disfrutarlo en su momento... Amelia, mi amor, parece que nos estamos volviendo estúpidos. ¡Amelia! ¡Amelia!
- ¡Ay, espera, espera!, disculpa que me perdiera la última parte de tus análisis para ayudarme a comprender "cuán perdida estoy donde justamente más he podido hallarme": viendo mis fotos. Pero Leticia por fin me respondió algo. Déjame preguntarle por qué me mandó cinco emojis llorando, parece que le pasó algo muy grave.
- Con palabras y no con emojis se habría ahorrado tu pregunta y su muy probable premura en que se la hicieras como la respuesta que tu tanto esperabas de ella -remató Guillermo-.Y no pienses en tragedias, si le hubiera pasado algo "muy grave", habrían sido, a lo menos, unos diez los emojis...
JFA
(Dedicada a Guillermo Prado, "el rey de los volantines", y padre de mi recordado profesor de acordeón, Pedro Prado Vicencio, profesor normalista e inspector de la escuela D 69)
Gracias a todos los poetas, incluso quienes jamás han escrito un sólo verso. Gracias a todos aquellos que nos dieron la poesía de su convencimiento cabal de vivirla, aun sin saberse poetas...Y gracias porque, incluso debiendo tanto, muchas veces terminaron pagando la cuenta por todos nosotros.
JFA
Guillermo Prado, "el rey de los volantines", invitado y entrevistado por Nemesio Antunez: